Una opinión Hugo Cisternas
Ayer, a partir de una simple pero profunda pregunta sobre el tratamiento de fobias desde las medicinas complementarias, surgió una conversación muy interesante. Este intercambio de ideas me dejó rumiando, como suelen hacer las buenas preguntas, y me motivó a escribir este texto. No con ánimo de establecer verdades absolutas, sino para compartir una mirada que nace de mi experiencia clínica, del estudio constante, y de mi vínculo con la medicina china tradicional como un camino de comprensión del sufrimiento humano.
La psiquiatría occidental —según los criterios del DSM o la CIE— clasifica las fobias como categorías clínicas específicas e independientes, dentro del marco de los trastornos de ansiedad.
Desde la perspectiva de la medicina china tradicional, en cambio, estas manifestaciones se pueden comprender como expresiones de un desequilibrio del Shén, que puede entenderse como la mente relacional, enraizada en el Corazón (Xīn).
En medicina china, las emociones son manifestaciones del flujo de la vida, expresiones naturales de adaptación al entorno. Están en constante transformación y forman parte de una danza del Qì (气), que toma forma y función a través de las dinámicas del yīn y yáng.
Cuando para una persona y su vivir, estas emociones se vuelven excesivas, persistentes o inadecuadas al contexto, pueden alterar el flujo del Qì y afectar la armonía del sistema funcional orgánico, generando bloqueos, vacíos o excesos que se manifiestan en el cuerpo y el Shén, afectando la autopercepción de calidad de vida.
Por eso, en medicina china se dice que no hay emoción “separada del cuerpo”: el cuerpo es emocionado. O, dicho de otro modo, el Qì fluye emocionalmente informado (气动有情).
Tomemos como ejemplo la claustrofobia, que puede expresarse como una combinación de pánico, con sobresalto o ansiedad, asociados tradicionalmente al Riñón y al Corazón, respectivamente. Sin embargo, cada caso es diferente y complejo, y pueden estar implicados otros órganos, por ejemplo:
- Pulmón (Fèi): si hay una fractura de la identidad o la percepción de un yo diferente a los demás.
- Bazo (Pí): si se ve disminuida la capacidad de integración social o el sentido de pertenencia.
- Hígado (Gān): si se inhibe la expresión de la voluntad o se bloquea la capacidad de proyectar una vida sin angustia.
Estas alteraciones pueden manifestarse entre muchas otras posibilidades como:
- una desarmonía entre Agua y Fuego (Riñón y Corazón),
- un vacío de Qì de Corazón con hiperactividad del Shén,
- un ascenso rebelde del Qì del Hígado con calor interno que agita la mente.
Por eso, en medicina china, cada persona necesita un diagnóstico y tratamiento personalizado.
En medicina china, no se habla de "enfermedades" como entidades fijas, sino de patrones de desajuste o desarmonía, que se viven como una disminución en la calidad de vida, y que motivan la búsqueda de apoyo.
Ahora bien, me parece importante recalcar que, en mi opinión, la acupuntura y la psiquiatría no están en desacuerdo. Ambas observan a la misma persona, al mismo sufrimiento, al mismo patrón de comportamiento. Lo que difiere es el marco desde el cual se interpreta y se actúa.
Creo que muchas veces no se comprende que, lejos de oponerse, estas miradas pueden complementarse de forma potente y compasiva en la práctica clínica, proporcionando ayuda efectiva al sufrimiento.
Si, hay contextos en los que se requiere contención estructural inmediata —como en situaciones graves donde está comprometido el juicio, hay riesgo vital o se ha perdido la capacidad de autopercepción—. En esos casos, los psicofármacos especializados juegan un rol imprescindible.
Desde la visión ética y cosmológica de la medicina china tradicional, enmarcados en principios del Dao y el budismo, donde vida y muerte forman parte de un mismo proceso de transformación, no se busca intervenir para “preservar a toda costa”, sino más bien acompañar el proceso de reorganización de la vida según su propio ritmo para mantener una buena calidad de vida.
Sin embargo, en contextos culturales occidentales, estructurados por una ética judeocristiana, donde ciertos tabúes no pueden o no deben ser traspasados, los recursos psiquiátricos ofrecen una contención que la medicina china no necesariamente proporciona por sí sola. Esto se debe a que en su visión no se construye el sufrimiento desde la noción de “crisis” o “trastorno”, sino de desajuste vital.
Por eso, en algunos casos clínicos, acupuntura y psiquiatría pueden —y deben— colaborar con respeto mutuo. Esta colaboración no niega la eficacia de la medicina china, sino que la sitúa dentro de un marco más amplio de cuidado adaptado a la persona y su entorno.
Me parece importante también destacar que muchos casos de personas con aversión angustiosa a objetos, situaciones, lugares o incluso relaciones —eso que en psiquiatría se nombra como fobia específica o social— pueden ser tratados con acupuntura de manera efectiva y sin medicación.
Al desbloquear y armonizar el Qì, regular el sistema orgánico y calmar el Shén, la persona puede reconstituir su relación con el mundo, y su sufrimiento puede transformarse (no eliminarse mágicamente, sino integrarse).
Como decimos en nuestra práctica:
“La acupuntura no cura fobias, pero las personas con fobias resultan curadas por la acupuntura.”
Esa paradoja resume la sabiduría de esta medicina: no reducimos la experiencia humana a etiquetas diagnósticas, sino que acompañamos procesos de reorganización vital, donde cuerpo, emoción y percepción se reintegran con el ritmo de la vida.